Desde que se originó la vida, doña luna no ha podido dormir porque debe velar el sueño de los otros y mantener sus estrellitas despiertas y divertidas. Esto ha provocado que use muchas de sus horas de ocio en escribir. Le gusta inventar cuentos y por eso se ha ganado el calificativo de luna lunática; pues, después que escribe monta vigilancia para ver en cuál de las casas que ella ilumina están leyendo sus inventos y en cuáles hogares no están fomentando la lectura.
Acaba de descubrir, con su binocular míralo todo, muchas casas en las que hay bibliotecas llenas de polvo. En aquellos estantes se encuentran algunas de sus creaciones. Desde lejos, oye el llanto de sus amados cuentos, quienes les imploran entre sollozos:
– Ayyy, ayyyy, mamá luna, por favor, sácanos de aquí, estamos muriendo, nadie nos ha abierto y ya no tenemos fuerza – decía su cuento más pequeño.
– Necesitamos que nos lean, no resistiremos por mucho tiempo el ser ignorados – le imploraba otra de sus creaciones preferidas.
– Ñeee, ñeee – si nadie nos busca nos comerán las malévolas polillas, ya las hemos visto rondar por aquí – ñeee- le decía entre sollozos su cuentecito dorado.
– Shhhhhh, por favor, no lloren, yo los ayudaré – les susurraba en tono tranquilizador mamá luna – resistan, mis pequeños, yo no permitiré que sigan en ese sufrimiento – prometía con decisión, sintiendo una fuerte angustia muy adentro, por el peligro en el que sabía que se encontraban.
Doña luna, frenética, por no poder soportar el llanto de sus pequeños, se ocultó detrás de una nube, para que no notaran su preocupación mientras meditaba en la forma en que ayudaría a sus cuentos a realizar sus sueños de que fueran leídos y que pudieran enseñar y divertir con su contenido.
Las voces de angustia de sus lindas creaciones perturbaban sus pensamientos, por eso ya no estaba divertida, ya no era capaz de inventar nada y se paró la producción de historias fantásticas que desde hacía siglos iba creando cada noche.
Doña luna, sintiendo el dolor de sus pequeños cuentos ignorados se trastornó de verdad, comenzó a cambiar constantemente de forma, perdida en sus meditaciones, intentando obtener una idea ingeniosa que pudiera hacer que sus libros fueran abiertos, que recuperaran sus fuerzas, que pudieran dar luz y vida a aquellos anaqueles muertos, en vez de que esos estantes olvidados terminaran por hacer que ellos fueran acabados para siempre.
Fue tanto lo que doña luna pensó y pensó, sin obtener una respuesta que pudiera ayudarla a resolver su problema que, por primera vez se quedó dormida desde que el mundo se inventó. Las estrellas la sacudían intentando despertarla; pero, estaba tan, pero tan exhausta que nadie lograba que abriera sus divertidos ojos.
Era el momento de que don sol hiciera su entrada triunfal al escenario y ella seguía ahí, profundamente dormida, sin permitir que terminara la noche.
Don sol estaba iracundo, en toda la existencia de la humanidad nadie había provocado un caos de aquella envergadura. ¿Cómo osaba doña luna desplazarlo de aquella forma? ¿Cómo se atrevía a impedir que él entrara al escenario para irradiar su luz? ¿Qué pretendía conseguir creando semejante caos?
Las personas, cansadas de dormir se despertaron y vieron que seguía oscuro. Se preocuparon cuando descubrieron que ya casi era mediodía y la oscuridad los arropaba. Vieron un cielo extraño, muy negro, como de luto, en el que todas las estrellas estaban agrupadas alrededor de la luna, muy cerca, haciendo un cerrado círculo, y en el centro se veía a doña luna muy rara, deforme, opaca, sin vida, que cada vez proyectaba menos luz, parecía realmente muerta.
Pronto doña luna se caería y sus estrellitas también, si éstas se llegaban a dejar vencer por el sueño, lo que parecía algo inevitable. Eso sí que sería un desastre, pues si llegaba a ocurrir semejante catástrofe, la Tierra terminaría aplastada y permanecería por siempre sumida en aquella oscuridad. Mientras doña luna no abandonara el escenario por voluntad, como lo hacía al amanecer, desde el primer día de vida del Planeta Tierra, el sol no podría entrar en acción, así lo decían las reglas y así debía cumplirse.
Cuando el sol fue consciente de aquella situación y de que con la muerte de doña luna él también estaría condenado a desaparecer, accionó de inmediato. Llamó a la estrella mayor, quien le dijo, bajo largos bostezos y ojos dormilones:
– Sólo usted puede detener este caos.
– Eso es lo que quiero – expresó preocupado el sol – pero no sé qué ha pasado ¿Cómo puedo ayudar?, ¿Por qué se durmió doña luna?
– Por sus historias olvidadas – dijo de forma casi apagada la estrella.
– ¿Olvidadas? – preguntó incrédulo el sol.
– Sí, no pudo soportar el llanto de algunos de sus pequeños cuentos que esperan porque alguien se acerque y los lea. El estrés hizo que perdiera la emoción al no encontrar una solución. Por eso no pudo estar alegre ni inventar nuevas historias. La histeria la agotó y la durmió de forma irremediable.
– ¿Cómo? ¿Qué en algunas casas no leen cuentos antes de dormir? Pero eso es algo muy grave, están irrespetando las reglas y pagarán muy caro su error con la oscuridad de la ignorancia ¿Dónde están esos cuentos olvidados?, no te duermas, dímelo – le decía don sol a la estrella mayor, sacudiéndola para mantenerla despierta mientras le terminaba de informar.
– Permanecen en los anaqueles de bibliotecas olvidadas y ya las polillas han llegado hasta allá, pronto los atacarán y morirán poco a poco. Si escucha con atención el llanto, eso lo guiará hasta ellos.
El sr. sol, con los ojos desorbitados por el desastre que se avecinaba, desde la parte de atrás del escenario, que quedaba del otro lado del planeta, donde nadie lo podía ver, hizo conferencia con todas las nubes para que sostuvieran a doña luna y todas sus estrellas dormidas, evitando que se cayeran y terminaran aplastando la humanidad.
Resuelto esto decidió hacer que aquellos cuentos pudieran ser abiertos y leídos. Para eso, absorbió por sus rayos toda la energía del planeta. De pronto, se agotaron los celulares, se apagaron las computadoras, los televisores no encendían, las lámparas también se quedaron apagadas, sin nada de energía que las hiciera volver a funcionar, todo estaba obscuro y se produjo un silencio que permitió que se pudieran escuchar los cuentos de doña luna, quienes continuaban llorando, implorando que los abrieran y leyeran.
Todos los escucharon y se extrañaron cuando oían aquellos grititos desgarradores, implorantes, así se iban acercando, guiados por aquel extraño llanto.
– Ñe, ñe, ñe… vamos a morir sin ser leídos, por favor, ábrannos, léannos, adentro tenemos luz…, ñe, ñe, ñe, ñe.
Tan pronto iban abriendo los libros se iba mágicamente produciendo luz. Era la luz que doña luna había puesto en sus pequeños y que estaba ahí, sin haber sido usada. Una luz mágica que cobraba más y más fuerza mientras más abrían sus libros, los leían y entendían. Así, cuando todos fueron rescatados de los estantes y estaban siendo leídos y releídos por la gente, el placer que esto producía y las carcajadas que llegaron hasta allá arriba, donde doña luna permanecía dormida, la fueron despacito despertando, la luz que irradiaban todos sus pequeños le devolvió la vida a su madre, quien se fue poco a poco incorporando, con una energía que nadie podía imaginar que tendría.
De inmediato volvió su deseo de escribir. Ya la gente había probado lo divertido que era leer cuentos antes de dormir y hasta comenzaron a leerlos por gusto, a cualquier hora. Por eso, doña luna se estaba agotando de nuevo, por estar inventando tantas historias que ahora la gente esperaba y le demandaba.
Cuando el sr. sol vio todo lo que estaba doña luna trabajando y que volvía a correr el riesgo de agotarse y dormirse de nuevo, hizo el siguiente trato con ella:
– Doña luna, como sé que ya ha puesto en sus cuentos toda su luz y energía y que pronto volverá a quedarse agotada y dormida, le propongo darle de mi luz, para que se mantenga despierta, alerta y feliz y pueda seguir produciendo sus historias, iluminando así a los habitantes de la Tierra.
– Pero qué generoso está usted –dijo doña luna, un poco cautelosa – ¿Qué ganará con todo esto?
– La experiencia me ha demostrado que no soy nada sin usted – expresó reflexivo el sol – mi fuerza y mi luz de nada sirven si usted no está en acción, si usted no está bien, yo tampoco. Necesito que esté radiante y feliz; pues yo solo puedo estar radiante y feliz cuando usted también lo está.
– Así es, mi querido sol – dijo amorosamente doña luna – en este mundo todos somos importantes, sin excepción, qué bueno que ha podido notarlo.
Terminada la conversación ambos sellaron un nuevo acuerdo: la luz que irradiaría doña luna vendría del sr. sol y los escritos de doña luna solo podrían dar luz cuando sean abiertos, leídos y comprendidos, no solo en presencia de doña luna, sino también en presencia del sr. sol.
Y, colorín, colorado, a todas las personas les quedó muy claro que si dejan los libros sin abrir, pagarán un precio muy, pero muy caro, la obscuridad de la ignorancia, y como ya eso lo habían experimentado, se cuidaron de no volver a provocarlo.
Fin
La imagen fue tomada de:Dibujos Vectores por Vecteezy